El relato colaborativo de Vareli (y IV)

Hundido, cabizbajo y melancólico, añorando semanas mejores, tengo que admitir que en los últimos siete días nadie se ha interesado por el relato colaborativo. Ante esta pírrica situación y aceptando la innegable fuerza motivadora del sol y la playa, que arrinconan el quehacer literario, propongo lanzar desde hoy el relato colaborativo tal y como está y buscar ya una conclusión. Así tendremos una muerte rápida y digna.

Finalmente se atrevió a salir, temiendo lo peor. Asió el pomo de esa desconocida y roída puerta, lo giró y quedó momentáneamente ciego por el haz de luz. Un paso, después otro… estaba en la calle. No podía creerlo. Nada de lo que tenía a su alcance le era familiar, sus recuerdos estaban totalmente borrados, llevaba un extraño ropaje y, lo que le resultaba aún más desconcertante, parecía haber envejecido decenas de años. Definitivamente, tenía que buscar respuestas.

Se llamaba Adam, pero no lo recordaba, estaba en un estado de amnesia catártica que le impregnaba con una pureza de pensamiento que le impedía ver más allá de lo que tenía por delante, el antes no existía, sólo el después a partir de la apertura de aquella puerta. Sin embargo, como todo ser con capacidad de razonar, quería saber de dónde venía y hacia dónde iba.

Subjetivamente se sentía extrañamente vestido, se sentía viejo, pero objetivamente no podía confirmarlo porque no tenía referencia de nada anterior, quizás siempre fue así, quizás se había metamorfoseado en otro ser o en otro estar.

Comenzó a caminar calle arriba. La ciudad estaba escrupulosamente limpia de todo ser viviente, ni rastro de impureza, tenía la sensación de haber estado allí antes, pero como dije anteriormente, no podía confirmarlo. Sin saberlo, comenzó el agobio, la imposibilidad de comunicarse para adquirir conocimientos que le pusieran en el tablero de ajedrez le comenzaba a superar.

Caminó durante horas perdido por la ciudad, nada parecía indicar actividad alguna en años, hasta que al volver una esquina suavizada por un ligero redondeo reconoció a un ser parecido a él, pero con una figura más estilizada poseedora de un largo y rubio adorno capilar. Corrió, le gritó y le imploró que se detuviera hasta que lo hizo. La mujer volvió su rostro y mirándole le dijo:

– Te estaba esperando, Adam.

Tras una pausa desconcertante, la mujer continuó diciendo:

– Soy Eva.

– ¿Adam? ¿Me llamo Adam? ¿Cómo es…? ¿Y tú eres Eva?

– Si. Pero sígueme. No debemos estar aquí. Debemos encontrar el árbol.

– Un momento. No sé quien eres. Hace poco creí recordar un haz de luz que se colaba por las cristaleras de una escalera de caracol, pasillos estrechos repletos de cuadros, estatuas, trofeos de caza, un amplio salón con un enorme mosaico en el suelo que formaba dibujos indescifrables, un bosque plagado de pinos que me produjo un sentimiento espeluznante, una casita en medio de la nada, oscuridad, una melena larga y suave…

– Si, y yo creí que me enfrentaba a La Parca, y que le decía que tenía aún muchas cosas por hacer, nuevas sensaciones que experimentar; las bodas de mis hijos; sentir la tersura de la piel de mis nietos en mi piel, sus abrazos, besos y caricias; oír sus balbuceos al llamarme abuela… Pero no ha sido así finalmente. Alguien o algo ha elegido esto para nosotros, desechando todo lo anterior y…

– No. No te creo. Ahora me recuerdo frente a una silueta extraña, en la distancia, que imitaba todos mis movimientos.

– Quizá sea Él. Pero no debemos hablar aquí. Por favor, sígueme.

– ¿Dónde?

– Hemos de buscar el árbol.

– Pero mira a tu alrededor. Aquí no hay árboles. Esto no es El Jardín del Edén.

– ¿Estás seguro?

En aquel preciso momento, súbitamente apareció de la nada esa extraña silueta que acababa de recordar Adam. A Eva le cambió la color de inmediato. Palideció. El extraño ser, todo de negro, dijo: “¿Me buscabais?” Eva se tapó los oídos y se dirigió a Adam: “¡No lo escuches, corre!”, pero el hombre de negro prosiguió:

– Bienvenidos al Jardín del Edén. No debéis temerme. No soy yo quien os ha puesto aquí. Pensadlo bien. Yo llevo desde siempre deambulando por este lugar. Esto es aquello en lo que habéis convertido El Jardín. Puedo llevaros al árbol, Eva. Siempre que me digáis a cuál de ellos.

Y Eva: “¡Jamás!, si tú nos llevas al árbol no deberemos ir nunca. Adam. Mírame. No lo escuches. Es así como lo hace. Su veneno entra por el oído. ¡Adam!” – Desesperada.

Adam le preguntó al extraño ser, de apariencia humana, quién era, si se conocían, si podía ayudarlos. Le dijo que necesitaba respuestas.

– ¿Quién soy? Me temo que no puedo decíroslo, aunque quizá ya sepáis quien soy. ¿No me recuerdas, Adam? ¿Tienes hambre? Tengo comida. ¿Vas a morir de hambre sólo por que Eva esté asustada? Entre los dos podemos calmarla. Soy como vosotros, un desamparado. Llevo desamparado desde el principio de los tiempos, pero tampoco es para tanto. Aquél que nos puso aquí ya no está, simplemente se fue. Ya no está en esta ecuación…

A Adam le comenzó a rugir el estómago. Estaba hambriento y sediento y con la sensación de llevar hambriento y sediento toda la eternidad. También desesperó e hincó sus rodillas en el suelo.

Eva gritó: “¡Miente! Hemos de irnos los dos juntos, Adam.” Acercándose a Adam cogió su rostro a modo de caricia, con ambas manos, y le hizo mirarla. “Siempre actúa así. Pronto lo recordarás. Siempre miente, toca tus instintos. Ha usurpado la libertad que se nos dio para su propio provecho, es vengativo por siempre. Adam, Tú y yo tenemos algo que hacer. Tenemos que recuperar lo que se nos dio. Adam. ¿Me oyes? ¿Adam?”.

Aquel extraño ser ahora vestía un impecable traje negro y un cabello reluciente oscuro como cielo en luna nueva. Sus ojos estaban impregnados de un color rojizo, aunque mirados directamente eran insondables. No movió ni un solo dedo cuando Eva levantó a Adam del suelo y lo llevó consigo con dificultad. Los tres comenzaron a caminar por aquella ciudad abandonada, yendo por delante Eva, que llevaba el brazo de Adam al cuello y lo agarraba dificultosamente por la cadera. El sujeto vestido de negro revoloteaba alrededor, gesticulando y hablando:

– Eva, Isha. Siempre has ayudado a Adam y ¿de qué te sirvió? El os dijo: “multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos”…

– Y en todo animal que serpea sobre la tierra, no lo olvides – añadió Eva.

– Sí. Claro. Sí. Pero al final habéis vuelto al mismo punto, la misma prueba. Esto que ves es el nuevo Jardín del Edén. ¿Recuerdas cómo fue el anterior? ¿Cómo crees que será el próximo? No os merecéis esto. No merecéis repetir tan duras pruebas. Siendo esto así, imaginad los castigos. El sudor de vuestra frente ¿Cómo se verá multiplicado? El dolor de tus partos ¿Cómo soportarlo? Espinas y cardos os dará la tierra, ¿de qué tamaño y dureza? Podemos cambiarlo, Eva. Podemos.

Ahora el sujeto tenía bastón y capa negra y roja en el envés y bailaba mientras hablaba:

– Tenemos varias opciones y la impaciencia me corroe. Podéis dejaros morir o vivir para siempre en la soledad de este Edén. Podéis y seguramente lo hagáis, dejaros llevar como antaño y ser castigados, con lo que me daríais nuevo tiempo y mi mandato haría estragos. Y por último, si Adam me dejara una de sus costillas y tú me dejaras, digamos, preñarte, todo podría ser distinto. Olvidaríamos nuestras desavenencias y, como ÉL ya no está, quizá podría acceder yo al nuevo orden. Sin resentimientos, Eva.

Eva hacía como que no lo escuchaba y seguía caminando torpemente. Adam parecía reanimarse poco a poco y pronto tuvo fuerzas para caminar y después correr levemente junto a Eva, escapando de aquel ser que no parecía cansado, que no paraba de bailar y gesticular, estridente. Al tiempo salieron de la ciudad, a una extensa llanura salpicada aquí y allí por piedras, señales, sequedad, polvo y al fondo… un árbol viejo.

El ser oscuro se adelantó un poco y los esperó en el camino. Lo hacía a cada rato y cuando los dos pasaban delante de él los voceaba “¡Estáis malditos!”, y luego “¡Venid a mí!”, y ahora “ÉL ya no está”, y luego riendo a carcajadas y empujándolos tímidamente “¡Comedme!” y finalmente, de improviso, “Creo que ya hemos llegado”.

Lo dicho, ahí queda, a merced de posibles continuadores, el relato a la espera de una conclusión que cierre el círculo…

Anuncios

Etiquetas:

5 comentarios to “El relato colaborativo de Vareli (y IV)”

  1. Mönica Says:

    Chiqui, no estés triste. Esto es ya una cuestión de dos. A ver si lo concluyen. Seguro que a lo grande.
    Besazos!!

  2. dionijoe Says:

    Intentaré colaborar esta semana, socio. Es que la semana pasada con entre el examen, el finde fuera y los trabajos… A ver si acabo pronto mi trabajo sobre Nirvana y colaboro…

  3. El Enano Rojo Says:

    Adam se aferró al tronco cuarteado y recio, marrón claro, del árbol. Su tacto le era muy familiar, tanto que estuvo a punto de comenzar a recordar muy intensamente cuando el Hombre del Traje Negro lo interrumpió de súbito. “¡Adam! ¿Qué vas a hacer ahora?”. Adam parecía mirar ahora al horizonte, con la vista muy perdida y los ojos fijos y céntricos, hacia el infinito. Empezó a balbucir que no. Que no creía ni una palabra de lo dicho y que no iba a continuar con aquello. Llegó hasta a gritarle a Eva que se marchara, y llegó hasta a querer agredir al Hombre del Traje Negro, que parecía divertirse mucho. Eva lloraba y apenas se la entendía cuando suplicaba a Adam que se calmara, que podría ser su última oportunidad y que al menos recordara que la próxima vez tenía que decidir hacer lo correcto. Eva aseveraba, aunque Adam ni siquiera se acercara a distinguirlo, que tenía que recordar que la próxima vez podría ser la última, que El Diablo se acercaba cada vez más a ellos, que ya le habían conducido hacia el árbol, y sabía que hacer con él. Suplicaba y suplicaba que la próxima vez hiciera lo correcto.

    Adam los compelía alternativamente. Los insultaba y hasta negaba que existieran. Les exigía que marcharan y quedó fuera de sí. Al tiempo empezó a ver borrosas las dos figuras, la de Eva, derrotada e hincada de rodillas junto al árbol, con la cara oculta en lágrimas y en sus manos moradas, y la del Hombre del Traje Negro, que brincaba y saltaba, grito en boca.

    No acababa aún de ponerse del todo afónico Adam cuando oyó muy nítidamente, sobre el maremágnum de gritos, una voz que venía de algún lugar distante. Sin embargo la voz era clara, -“Señor Adams”, repetía, -“Señor Adams”.

    Aunque Adam nunca podría transcribir literalmente lo que oyó y sintió a partir de ese momento, fue algo así: “Señor Adams, cálmese…” y otra voz “Por favor, sin violencia. Esta vez no”. Luego las voces se acercaban: “¡Señor Adams, lo ha vuelto a hacer! Venga, por favor. Cálmese”, y también “Más dosis sería imposible, tal vez tengamos que acudir a otros recursos” y la respuesta: “Una vez más con fármacos y luego veremos, por favor. Bajo mi responsabilidad”. Unos brazos lo asían por las axilas, sentía el calor de una manta en los hombros, alguien le limpiaba la cara con un trapo húmedo. Su bata estaba mojada. Caminaba en zapatillas torpemente saliendo de un jardín circular, un hermoso jardín con un árbol en el centro que miró de reojo. Lo asían hasta llevarlo a un edificio. Ahora un pasillo, después otro y una habitación. Le daban de comer y de beber. Comía y bebía y quedaba dormido y en el sueño sólo hacía que repetirse una frase: “Adam, haz lo correcto esta vez”.

    Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí. Un poster de un dinosaurio en la pared, propagando medicinas. Una habitación extraña, sin más adorno, como gris o blanca, con ventanal alto inaccesible, con barrotes. Una puerta. Le dolía la cabeza y no oía nada. Tenía miedo. Se acercó muy lentamente y con un miedo indescriptible hacia la puerta. “Adam, haz lo correcto esta vez”, le pareció oir, pero no.

    Finalmente se atrevió a salir, temiendo lo peor. Asió el pomo de esa desconocida y roída puerta, lo giró y quedó momentáneamente ciego por el haz de luz. Un paso, después otro… estaba en la calle. No podía creerlo. Nada de lo que tenía a su alcance le era familiar, sus recuerdos estaban totalmente borrados, llevaba un extraño ropaje y, lo que le resultaba aún más desconcertante, parecía haber envejecido decenas de años. Definitivamente, tenía que buscar respuestas…

  4. adanir Says:

    quería pàrticipar, sólo me faltaba tiempo! 😦

  5. Seguimos creciendo « Sietenanitos Says:

    […] 3ª Parte […]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: